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EL Obispo Piris, de Lerida, es un ladrón


martes, 29 de septiembre de 2009

Benedicto XIII, Papa de Aviñón Ángel David Martín Rubio. 11 de agosto

Benedicto XIII, Papa de Aviñón

Ángel David Martín Rubio. 11 de agosto

I: El papado en Aviñón


A principios del siglo XIV la Iglesia había alcanzado éxito en tres procesos de importancia decisiva:

-El dogma estaba definido, ordenado y explicado, absorbiendo la herencia del pensamiento greco-latino y poniendo a la filosofía al servicio de una teología que buscaba hacerse comprensible a la razón.

-Se había extendido prácticamente a todas partes la liturgia romana, atrayendo al pueblo fiel hacia hábitos religiosos que componían una norma de vida.

-Se estaba alcanzando una estructura de tipo monárquico a la vez universal y espiritual.

La gran obra de los Papas establecidos en Aviñón será continuar trabajando en el mismo sentido pero esta gran unidad (que preludia lo que iba a ocurrir en torno a Trento) contempló en el siglo XIV numerosos signos de contradicción que cuajaron después, a causa del Cisma de Occidente, en una división profunda de posturas. La Iglesia despertaba corrientes de oposición entre las monarquías, los filósofos del inmanentismo y la vía moderna del nominalismo, los exaltados espirituales y reformadores enemigos de la jerarquía, y ciertos sectores del humanismo naciente que aspiraban a un mayor secularismo.

El sucesor de Bonifacio VIII, Clemente V (1305-1314) nunca llegó a ir a Roma y en 1309 traslada la corte papal a Aviñón (Provenza) que era un señorío de la Casa de Anjou, vasalla de la Santa Sede por el reino de Nápoles. Es posible que su estancia allí fuese planeada en principio como un breve paréntesis, pero la rápida desintegración de los Estados Pontificios y la anarquía que se apoderó de Roma, hicieron imposible el retorno. Su sucesor, Juan XXII (1316-1334) había sido hasta entonces obispo de Aviñón y fijó su residencia en el propio palacio episcopal que fue ampliado para poder establecer en él los cada vez más complicados servicios de la Curia. Aquí vivieron también sus sucesores: Nicolás V (1328-1333), Benedicto XII (1334-1342), Clemente VI (1342-1352), Inocencio VI y Urbano V (1362-1370) quien, apoyado por el emperador Carlos IV hizo un viaje a Roma, pero a instancias de los cardenales, en su mayoría franceses, regresó a Aviñón. Por último, Gregorio XI (1370-1378) animado en su decisión por Santa Catalina de Siena, volvió a Roma donde falleció antes de poder adaptar el gobierno pontificio a la vida de la ciudad.

El período de Aviñón ha sido definido como la “Segunda Cautividad de Babilonia” pero no parece legítimo dejarse llevar por valoraciones peyorativas. El Pontífice no estaba prisionero y ni siquiera en territorio propiamente francés pues muy pronto fue propiedad del papa; la ciudad tuvo un ambiente intelectual muy elevado y desde ella, los papas pudieron prestar más atención al gobierno de la Iglesia que lo habían hecho hasta entonces, absorbidos por la política temporal italiana. Los pontífices que se suceden en Aviñón no son figuras brillantes sino honestos trabajadores, de buenas costumbres y que supieron imprimir al gobierno una eficacia y continuidad muy notables. La organización de los principales dicasterios de la Curia (oficios, tribunales, etc.) indispensables para la efectiva gestión de un gobierno centralizado, fue llevada hasta su última perfección en el período aviñonés. Pero también, la prolongada ausencia de Roma y los desórdenes ocurridos en Italia producían una indudable pérdida de prestigio del Pontificado, surgían doctrinas y se adoptaban actitudes que eran el reflejo de un nuevo espíritu que se abría camino en la Iglesia y la Cristiandad y que combatía la autoridad doctrinal del Pontificado.

Todo esto lleva al historiador al convencimiento de que no puede considerar el Cisma como una especie de accidente fortuito, provocado por el mal entendimiento entre un Papa y sus cardenales, sino como la condensación de males de fondo que agitaban a la Iglesia.
II. La doble elección y el Cisma de occidente

El Cisma se produjo a raíz de la elección como sucesor de Gregorio XI de Urbano VI (1378-1389), primer italiano tras siete papas franceses. Su destemplanza y autoritarismo no favoreció el entendimiento con la mayoría francesa del Sacro Colegio; cuando se produjo el enfrentamiento, los cardenales que constituían esa mayoría abandonaron Roma y, amparándose en que aquella elección habría tenido lugar bajo presiones, llevaron a cabo una nueva elección en la persona de un francés, Clemente VII (1378-1394), quien establecía su sede en Aviñón, un lugar prestigiosa por la presencia allí de los pontífices durante años. Cada uno de ellos tenía sus puntos de vista justificativos, sus partidarios, sus razones y sus intereses y, durante décadas, la cristiandad occidental quedará dividida por el cisma en dos obediencias: Roma y Aviñón. Francia, España, Chipre, Escocia y Nápoles, se adhirieron a Clemente VII y el resto de los países a Urbano VI. Cada uno de los cuales tendría su respectiva sucesión. Entre los cardenales que prestaron obediencia al Papa de Aviñón se encontraba el aragonés Pedro Martínez de Luna (1328-1423), elegido, a su vez como Papa a la muerte de Clemente VII (1394).

«Durante el tiempo que Pedro Martínez de Luna rigió (primero como legado en España y Francia, y después como Papa) la Iglesia, hizo una gran cantidad de cosas que han permanecido y que forman uno de los elementos esenciales de la modernidad», ha señalado el historiador Luis Suárez Fernández. Quienes obedecieron a Clemente VII y después a Benedicto XIII (los Papas de Aviñón) fueron los países que después van a ser católicos, mientras que los que están a favor de Urbano VI (el Papa romano) son Inglaterra y Alemania, que después serán protestantes. Benedicto XIII, doctrinalmente, defendió lo que hoy sigue siendo la doctrina de la Iglesia porque sostenía frente a los nominalistas y conciliaristas, que la Iglesia no puede estar sometida al arbitrio de los poderes políticos.

Por otra parte, Benedicto XIII murió convencido de la legitimidad de su causa. De ahí la expresión castellana: “mantenerse en sus treces”. Es cierto que no era esta la primera ocasión en que aparecía un antipapa pero otras veces la Iglesia universal no había tenido serias dudas acerca de quién fuera el Papa legitimo, aun cuando, por diversas razones, alguna facción eclesiástica o el emperador hubieran reconocido un seudopontífice. Ahora la situación era distinta pues la legitimidad de uno u otro Papa dependía de la validez o invalidez, tan difíciles de comprobar, de la discutida elección de Urbano VI.

No faltaron sin duda influencias de signo terreno pero la realidad es que la Cristiandad se encontró frente al hecho de la simultánea existencia de dos papas, cada uno de los cuales pretendía ser el legítimo vicario de Cristo. Y no sólo los príncipes y las naciones se dividieron entre las varias obediencias por motivaciones de orden temporal y político sino que esta incertidumbre alcanzó también a muchos espíritus profundamente religiosos, que obraban con indudable rectitud y movidos por un sincero afán de fidelidad a la Iglesia. El simple dato de que santos como Catalina de Siena y Vicente Ferrer militasen en contrapuestas obediencias es un indicio de hasta qué punto el Cisma había sembrado la confusión en las conciencias de los fieles. Para Eubel, autor de la famosísima Hierarchia catholica y uno de los mejores historiadores de la Iglesia, es un error considerar a Clemente VII y Benedicto XIII como Antipapas; el Cisma creó tal género de división que ambas obediencias aparecieron equiparadas.

El final del Cisma y la reunión de la Cristiandad bajo un solo pastor fue durante todo este tiempo una aspiración en la mente de muchos pero la división se prolongaba y las nuevas elecciones papales celebradas en Roma y Aviñón parecían augurar un mantenimiento indefinido de la escisión. No dieron fruto las incontables soluciones propuestas para poner término a la disputa, pues las dos partes se mostraban irreductibles y en la práctica rehusaban cualquier efectivo acercamiento que preparase de algún modo la solución. Poco a poco, a medida que pasaban los años, se abrió camino la idea de que solamente un Concilio sería capaz de terminar con el Cisma. Es lo que ocurriría, de una manera muy compleja, en Constanza.
III: La Vía Conciliar

Para dar una solución al cisma, un grupo de cardenales de las dos curias pontificias se reunieron en el concilio de Pisa que decidió deponer a Gregorio XII y Benedicto XIII y nombrar en su lugar a otro papa, Alejandro V (1409-1410). La negativa de los anteriores a abandonar su cargo complicó aún más la situación pues la cristiandad se vio repartida ahora en tres obediencias: Roma, Aviñón y Pisa. El sucesor de Alejandro, Juan XXIII (1410-1415) fue expulsado de Roma por Ladislao de Nápoles y buscó la protección del emperador germánico Segismundo (1410-1437), quien, a cambio, le forzó a preparar un nuevo Concilio. En diciembre-1413 se promulgaba la bula de convocación del Concilio Ecuménico de Constanza y fue inaugurado oficialmente por el Papa de Pisa, Juan XXIII, que esperaba ver confirmada su legitimidad y que todos le reconocieran como único Pontífice (1-noviembre-1414).

El sistema de voto empleado en el Concilio de Constanza habría de tener una gran repercusión en la marcha futura de la asamblea. Frente a la norma tradicional del voto individual de los miembros con pleno derecho, prevaleció el criterio del voto por naciones exigido por la mayoría de las representaciones no italianas. Cada una de las naciones habría de deliberar por separado y acordar así el sentido de su voto único. Era un sistema nuevo en la historia conciliar pero que guarda similitud con en el empleado en otras asambleas contemporáneas donde era frecuente la división por brazos o estamentos.

Juan XXIII vio desvanecerse sus esperanzas de un rápido reconocimiento y huyó a los dominios de su partidario el duque Federico de Austria. Numerosos cardenales y prelados marcharon a reunirse con él y el concilio pareció entrar en una vía muerta que se resolvió por la actividad incansable del emperador Segismundo y por la postura de un grupo de cardenales y teólogos que dieron un paso trascendental al adoptar una doctrina eclesiológica fundada en los presupuestos de las teorías conciliaristas. Al declarar el Concilio su suprema autoridad sobre la Iglesia, incluso sobre el Papa, procedió a exigir la dimisión de los tres existentes.

Tras diversas vicisitudes, Juan XXIII fue depuesto y el anciano pontífice romano Gregorio XII llevó a cabo dos actos de gran trascendencia:

-Promulgó la bula de convocación del Concilio de Constanza, con lo cual quedaba éste legítimamente constituido

-Abdicó por su espontánea voluntad (1415) y fue nombrado obispo de Ponto hasta su muerte (1417).

Quedaba la resistencia del aragonés Benedicto XIII, persuadido de su legitimidad hasta el punto que, aislado y abandonado por todos, condenado y depuesto en 1417, se refugió en Peñíscola, donde moriría sin reconocer al papa que el cónclave había elegido en Constanza (1423). El nuevo Pontífice, un cardenal romano de la familia Colonna, gobernaría con el nombre de Martín V (1417-1431).

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