Monseñor Piris, Obispo de Lerida, es un Ladron




EL Obispo Piris, de Lerida, es un ladrón


lunes, 24 de noviembre de 2008

2. Comunicado oficial



2. Comunicado oficial
Cuando murió Pablo VI, el 6 de agosto de 1978 a las 9'40 de la noche, bastaron unos minutos para que el mundo tuviera la noticia (38). Cuando murió Juan Pablo I, casi tres horas después del hallazgo del cadáver, el Vaticano dió el siguiente comunicado:
"Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo Padre en la capilla, como de costumbre, le ha buscado en su habitación y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio" (39).
La noticia causó sorpresa y estupor. Después se añadió el nombre de Magee, anteriormente secretario de Pablo VI. Realmente, hoy pocas cosas quedan en pie de las afirmadas en dicho comunicado. El propio John Magee, actualmente obispo de Cloyne (Irlanda), ha dicho recientemente que no fue él, sino una religiosa quien encontró muerto a Juan Pablo I:
"Aproximadamente a las 5 de la mañana una monja muy agitada fue a despertarme. 'El Papa ha muerto', me dijo. Preocupada porque el Pontífice no había tomado el café‚ que las monjas le dejaban todos los días a las 4.30 delante de la puerta de su habitación, había entrado y visto el cuerpo inmóvil. Después había corrido hasta mi habitación para avisarme" (40).
Magee bajó inmediatamente a la habitación del Papa y constató que, efectivamente, había muerto. Dijo a las religiosas que no tocaran nada y fue a llamar por teléfono al cardenal Villot. Según Magee, eran las 5'40. A continuación llamó al doctor Buzzonetti. Ambos, el cardenal y el doctor, "entraron juntos en la habitación del Papa y constataron con sus propios ojos que el Papa estaba muerto" (41).
Cuando murió Pablo VI, se publicó un detallado informe médico. Ahora, no: se supone que basta un examen externo del cadáver y un lacónico comunicado oficial para dar respuesta a estos interrogantes: ¿cuándo murió Juan Pablo I? Y sobre todo ¿de qué murió?.
Por lo que se refiere al momento de la muerte, la estimación oficial no coincide con la de los embalsamadores, hermanos Signoracci, según lo que dijeron a Yallop: "Al examinar el cadáver antes de que lo trasladaran a la sala Clementina, los hermanos Signoracci habían llegado a la conclusión, por la ausencia del rigor mortis y por la temperatura del cuerpo, que la muerte se había producido, no a las once de la noche del 28 de septiembre, sino entre las cuatro y las cinco de la madrugada del 29. Sus conclusiones se vieron confirmadas por monseñor Noé, que les dijo que el Papa había muerto poco antes de las cinco de la madrugada" (42).
Como veremos después, tanto la religiosa que descubrió el cadáver, sor Vincenza, como el secretario Diego Lorenzi confirmarán el detalle de la temperatura del cuerpo, que encontraron todavía tibio.
Sin duda, la cuestión clave es la determinación de la causa de la muerte. Es decir: ¿de qué murió Juan Pablo I? El obispo de
Cuernavaca (Méjico), Méndez Arceo, pidió públicamente que se realizara la autopsia: "Tanto al cardenal Miranda como a mí nos parece que podría ser de mucha utilidad". Y Franco Antico, de la organización tradicionalista Civiltà Cristiana, solicitó una investigación formal.
De forma tajante, el cardenal Oddi, que con el cardenal Samor‚ fue asistente de Villot durante el periodo de sede vacante, afirmó que no habría investigación alguna: "He sabido con certeza que el Sagrado Colegio cardenalicio no tomar mínimamente en examen la eventualidad de una investigación y no aceptar el menor control por parte de nadie y, es más, ni siquiera se tratar de la cuestión en el colegio de cardenales" (43).
Sin embargo, según el diario "La Stampa" de Turín, del 8 de octubre, los cardenales reunidos en congregación general solicitaron conocer las circunstancias precisas de la muerte del Papa Juan Pablo I. El diario señala que "los cardenales, ante los interrogantes que se plantea la 'opinión pública' provocados por el hecho de que únicamente fue publicado un breve comunicado anunciando la muerte del Papa, la ausencia de un boletín médico y la negativa del Vaticano a proceder a una autopsia, han solicitado que los medios oficiales de información de la Santa Sede anuncien las circunstancias exactas de la muerte del Pontífice" (44). Al menos, algún cardenal habría pedido puntualizaciones al respecto. El Vaticano ni confirma ni desmiente esta información; simplemente, no responde (45).
Pero ¿por qué no se hizo la autopsia? ¿Tenía la Iglesia algo que perder? Responde monseñor Nicolini, autor de una biografía sobre Juan Pablo I y, durante varios años, vicedirector de la sala de prensa del Vaticano (actualmente obispo de Alba, en la provincia italiana de Cuneo): "El Sacro Colegio no ordenó la autopsia, porque la consideró superflua, no habiendo duda alguna sobre las causas naturales de la muerte del Papa Luciani. La autopsia no podía sino confirmar cuanto ya se sabía" (46).
Sin embargo, la pregunta obvia es: ¿cómo se sabía? Más aún ¿cómo se podía saber a partir solamente de un examen externo del cadáver? Como diversos especialistas indicaron, es clínicamente imposible explicar la causa de la muerte por infarto de miocardio agudo (y, además, instantáneo) sin la realización de la autopsia.
Además, como veremos después, la forma en que se encuentra el cadáver no responde al cuadro típico del infarto: no ha habido lucha con la muerte. Tampoco existe otra sintomatología que lo delate. Ni la baja tensión de Luciani ni su estilo de vida avalan semejante dictamen. Por tanto, no sólo esto, sino todo lo que se dijo después (peso del papado, soledad institucional, etc.) queda justamente en el aire, como hipótesis carente de fundamento, mantenida precisamente por quienes tenían en sus manos la realización de la prueba definitiva y concluyente de la autopsia. Sin duda, el comunicado oficial salió tarde y mal. Se imponía, desde entonces, una fiel reconstrucción de los hechos.
Al Dr. Buzzonetti, que con el Dr. Fontana firmó el certificado de defunción, le pregunta Cornwell cuándo vió al Papa por última vez. Esta es la respuesta:
"Yo puedo ser muy preciso sobre esto. Ni yo ni el profesor Fontana - que era jefe del Servicio Médico Vaticano y que murió en 1979- fuimos llamados nunca a prestar nuestros servicios profesionales al Papa Juan Pablo I. Yo le vi al final del cónclave. Yo era suplente de Fontana. Después yo creo que le vi en alguna función. Después le vi muerto. Eso es todo" (47).
El doctor dice no saber nada de las medicinas que tomaba el Papa. Tampoco sabe si estaba sobrecargado de trabajo o deprimido.
Contra lo que afirma Magee, Buzzonetti niega haberse encontrado con el Dr. Da Ros, médico personal de Luciani, el domingo 24 de septiembre: "ese encuentro nunca se dió" (48). Dice también:
"Todos los aspectos clínicos de éste asunto de Juan Pablo I est n cubiertos por dos secretos: el primero es el secreto profesional, del que nadie me puede liberar; después está el secreto de mi cargo como vicedirector del Servicio Médico de éste Estado del Vaticano. Pero, de cualquier modo, yo no s‚ nada" (49).
Según Lorenzi, Buzzonetti llegó muy pronto, pero no preguntó nada: "siendo un buen doctor, no es por criticarle, debería haber dicho, 'Vamos a ver, señores, ¿han percibido algo la noche anterior?'. El debería haber estado abierto a todas las posibilidades. El no es un cualquiera. Usted puede pensar que un doctor del Vaticano debería haber hecho una cierta indagación. ¿Por qué no lo hizo? Bien, no lo hizo, y como resultado ­ yo me estoy volviendo...loco! " (50).

...Es hora de que se lea intentado buscar donde esta la verdad y la mentira y si hubo mentiras pòrque, porque y porque Todos somos mayorcitos y sabemos discernir

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