Monseñor Piris, Obispo de Lerida, es un Ladron




EL Obispo Piris, de Lerida, es un ladrón


martes, 3 de febrero de 2009

15. La luz sobre el candelero


15. La luz sobre el candelero

Con singular acierto, se le ha llamado a Juan Pablo I "Papa profeta", que se marchó, como Elías, "de una forma extraña, arrebatado en un carro de fuego" y cuyo manto es preciso recoger.

Ahora bien, Elías es también el profeta que se queja ante Dios contra Israel de quedarse solo y de que su vida está amenazada. Y son de Israel el auriga, los caballos y el carro en el que Elías desaparece sin dejar rastro. Pero Allí estaba Eliseo, que recogió su manto: "Algo así tendrá que suceder ahora" (230). Recoger su manto es recoger su testimonio, su mensaje y su presencia en medio de nosotros. Juan Pablo II lo dijo en Vittorio Véneto: sobre el horizonte de la historia actual está la figura del Papa Luciani, "la dulce figura que sigue siempre viva en mi corazón y me acompaña sin cesar" (231).

Estas palabras las dijo emocionado aquel que (ciertamente, llama la atención) había de estrenar su primer día de pontificado el 17 de octubre de 1978, precisamente el día en que se le diera al Papa Luciani el don de la vida.

La muerte de Juan Pablo I y su significado es algo que no debe echarse al olvido ni sepultarse. Todo lo que en su día se quiso enterrar con su cuerpo, está apareciendo de diversas formas ante la conciencia de la Iglesia y del mundo. Los responsables de la Iglesia deberían valientemente tenerlo en cuenta, porque está en juego la relación de la Iglesia consigo misma, con el mundo y, por supuesto, con Dios.

Juan Pablo I no murió de forma natural. Este mensaje, completado a su vez por datos posteriores, lo hemos recibido, no por casualidad, el 29 de diciembre de 1984, fiesta de Santo Tomás Becket, aquel "cura entrometido" con quien Juan Pablo I es comparado (232). Creo que fue un regalo de ambos y que, en cierto sentido, en todo este asunto "el arcángel Miguel lucha con el diablo" disputándose el cuerpo de Juan Pablo I (233), que precisamente murió un 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. Como Juan el Bautista, bajo cuya protección fue bautizado, Juan Pablo I encontró la muerte en el momento "oportuno", en medio de una oscuridad eficazmente mantenida por intereses ocultos. De ningún modo, podemos enterrar su testimonio; al contrario, hemos de proclamar gozosamente ante el mundo que sigue habiendo profetas capaces de lanzar a los poderes del mal el frontal desafío: ¿Quién como Dios? Capaces de actuar en nombre de Dios, hasta el último respiro.

Su funeral estuvo pasado por agua. Sin embargo, el viento y la lluvia no llegaron a apagar la luz del Cirio Pascual, símbolo de Cristo Resucitado. Y las mojadas páginas del misal permanecían abiertas por el Evangelio de San Juan. En triple ataúd, de ciprés, de plomo y de roble, se enterró el cuerpo del Papa, vestido litúrgicamente de rojo, el color de los mártires.

Finalmente, mi primer escrito sobre la muerte de Juan Pablo I iba a salir el 28 de septiembre del 85. Por diversas circunstancias no pudo ser así y, de hecho, salió unos días después. El 4 de octubre, aniversario del entierro, estaba en la calle. Ese día, en todas las iglesias del mundo católico se leía un salmo que en la comunidad teníamos asociado (especialmente, no de forma exclusiva)a la muerte del Papa Luciani: "Han entregado el cadáver de tus siervos por comida a los pájaros del cielo, la carne de tus amigos a las bestias de la tierra". Y dice después: "Que se conozca entre las gentes"... (234). Ni en este caso ni en otros semejantes, creemos sea pura casualidad. Lo dicho: Dios habla de muchas maneras; no es posible encadenar su Palabra. Y también, ahora y por siempre: quien se sienta en los cielos se sonríe (235).

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